
El sol de China caía con fuerza sobre las espaldas del joven campesino. Su anciano padre lo observaba protegido a la sombra de un árbol. Una vez terminada la labor del día el muchacho se acercó a él y le dijo que iba a dar un paseo con su caballo para relajarse después de la dura jornada. Su padre lo consintió siempre que a la vuelta cepillase adecuadamante al animal y se ocupase de sus cuidados, ya que era su herramienta indispensable de trabajo y además era un caballo noble.
El muchacho se encaminó al bosque por un estrecho sendero abierto entre campos de labor. Una vez en el bosque se tumbó sobre la hierba y dejó que su caballo paciera a gusto la hierba fresca que crecía abundantemente. De pronto, un fuerte estruendo sacudió la tierra y el aire. Probablemente habría sido el estallido de algún artefacto de pólvora que estaban haciendo para la fiesta de esa noche en el poblado vecino. El caballo, levantó la cabeza bruscamente mientras sus orejas se erguían en un gesto de terror, y antes de que el muchacho pudiese reaccionar se adentró galopando frenéticamente en la espesura. El joven se puso en pie como un resorte y corrió tras el bruto, pero pronto lo perdió de vista entre los árboles y entre las sombras de la noche que ye se avecinaba.
Al llegar a casa fue corriendo junto a su padre arrasado por el llanto y temiendo un terrible y merecido castigo. Le contó lo que había ocurrido al anciano. Ante el asombro del muchacho el hombre lo miró con gesto apacible y le dijo:
-Hijo mío, no debes preocuparte. Deja que el futuro decida.
-Pero padre! Ese caballo era nuestra herramienta de trabajo, sin su ayuda no podremos trabajar los campos y no podemos hacernos con otro animal, somos muy pobres.
El anciano le puso una mano en el hombro y sonriendo le sirvió un poco de té y puso ante él un cuenco de arroz.
-Sé paciente, hijo.
Al día siguiente, mientras el joven trataba de arar él mismo la dura tierra se escuchó un rumor de cascos que se acercaban por el camino. El corazón saltó en su pecho y dejando caer el arado se echó a correr hacia su caballo que volvía a casa, y no lo hacía solo; para asombro y regocijo del joven venía acompañándo por una hermosa yegua. Tras conducir a los animales hasta una choza que servía como establo entró como una tromba en su casa, exultante de alegría y con lágrimas en los ojos.
-Padre! Padre! Nuestro caballo ha vuelto y ha venido una hermosa yegua con él. Ahora podremos trabajar más horas ya que los animales se podrán turnar. De este modo avanzaremos más y tal vez podamos incluso trabajar para otros vecinos y cobrar por ello.
Pero el anciano no se inmutó. Levantó lentamente la mirada y le dijo:
-Todavía no sabes si tener esa yegua es algo bueno o es malo. El futuro lo decidirá.
El muchacho no comprendió estas palabras pero no quiso que nada empañase su dicha. Se encaminó al establo y cogió a la yegua para dar una vuelta con ella. Al momento de ir a montar, la yegua se revolvió y lo tiró al suelo mientras relinchaba furiosa y coceaba el aire. Alertado por el alboroto el anciano acudió enseguida y se encontró con su hijo en el suelo retorciéndose de dolor. El médico de la aldea le entablilló la pierna: se la había roto.
-Padre! qué haremos ahora? Tú eres demasiado viejo para trabajar y yo no podré hacerlo durante un largo período de tiempo. Se acerca la época de la siembra!
-Hijo, no te preocupes. Descansa y sé paciente. Todavía no has comprendido lo que te dije cuando apareció la yegua, verdad?
-No, todavía no lo comprendo.
-Ya lo comprenderás. Ahora toma un poco de arroz.
Mientras el anciano le servía el arroz a su hijo se oyó rumor de pasos y de metal en el exterior de la cabaña y a los pocos segundos irrumpió en la estancia un hombre revestido de armadura.
-Por orden el Emperador, todos los hombres jóvenes en disposición de prestar servicios al Imperio han de unirse a las tropas imperiales!
Hacía escasos días el Emperador había decidido conquistar nuevas tierras para ampliar su mandato sobre China y sus provincias. Estas incursiones eran terribles y crueles y muchos aldeanos jóvenes perecían en el ejército.
El anciano le dijo al soldado:
-Como puedes ver, en esta casa no hay más que un anciano inservible y un joven lisiado. No podemos ayudar a nuestro Emperador.
El soldado barrió con una mirada glacial la estancia y se convenció de que el hombre no mentía. Dio media vuelta y se fue. El cuenco de arroz que sostenía el viejo en sus manos resbaló y se estrelló contra el suelo. El anciano lloraba y abrazaba a su hijo diciéndole:
-Lo entiendes ahora, hijo mío?
-Ahora lo entiendo, padre!
El que lo que nos acontece sea bueno o malo no depende tan sólo del hecho en sí, sino de cómo ese hecho marca nuestro devenir.