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Final Fantasy versus XIII
Tellus dormint et liberi ingem faciut numquam extiint. Nec spertishi possi. Homme vir dividit tragedia coram amandamque. Et nocte pervehe tua e hem vers dens alii onem. Pavor omnivere pona manes tempus et per e escendi. Un reino duerme, y los niños prorrumpen en sollozos que nunca son acallados, nisiquiera tienen esperanza. Un hombre está ante un dilema. Encara una tragedia, y es exiliado. Y para viajar en la noche huyendo de la destrucción tiene su otra carga. Llevar cada miedo es su castigo, soportarlos a través de los tiempos, y desde ellos ascender. Un pequeño tributo a Final Fantasy versus XIII:
"¿Por qué no me dejan descansar? Sus armas perturban la paz de mi reino, sus gritos de rabia acallan los sollozos de los pequeños indefensos que caen ante ellos. ¡Parad de una vez! Estoy ya harto de vuestras guerras y ambiciones, de vuestros sueños y frustraciones. ¡Deponed las armas! Pero... para qué me esfuerzo en tratar de detenerlos con palabras. Ahora mismo estoy pensando, pero ya me he pronunciado en público, gritándolo a los vientos de nuestra amada patria, llenando los ojos de los justos con lágrimas de cristal y los ojos de los violentos con odio irracional. Nada podré conseguir pacíficamente excepto seguir alimentando su furia asesina. Pero... si despierto aquello que duerme en mi ser, si mis ojos vuelven a refulgir como antaño hicieron, como durante aquella pesadilla, si el cristal de mis espadas y hechizos vuelve a infundir el temor en los corazones... ¿acaso no me convertiré en uno de ellos? ¿Seré otro asesino? He de partir, he de buscar la respuesta y he de encontrar la solución a esta terrible tragedia." Levantándose de su trono, el rey, de edad indescifrable, tan longevo como la mismísima brisa del mundo, tan profundo como el insondable universo y tan indefenso como un recién nacido, salió de su templo encarándose con la terrible realidad. La noche lo acogió con un retumbar del carro de los dioses, y abajo, hombres, máquinas, fríos seres patéticos tras sus máscaras de ambición y miseria le esperaban apuntándole con sus inútiles armas. Por un momento el misterioso rey se detuvo a contemplar a aquellos miserables gusanos que despreciaban el bien supremo de la humanidad: la Libertad. Sus ojos se tiñeron de un color extraño: amatista, y así como esta piedra nace el lado de las ardientes corrientes de lava, también sus ojos parecían brotar de un torrente incandescente de furia contenida. Dio un paso y los hombres-gusano-máquina comenzaron a disparar sin que ningún proyectil rozase siquiera la fina piel del rey. Muchos lo rodeaban sin tocarle y aquellos que lo hubiesen atravesado sin remedio eran rechazados ante una fantasmagórica espada. A un gesto enérgico del rey las espadas de cristal y acero resplandecieron en la oscuridad de la noche. Se envolvió en un haz de luz... estaba hecho... el cristal de sus antepasados, el antiguo y hermético poder de sus ancestros había reaparecido en él. Sus ojos se encendieron todavía más... Los hechizos y las espadas volverían a escribir la crónica de una nueva era.
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Fantasmagórica realidad
"Hace frío esta noche. Vértigo, pensamiento libre, extraño, embriagador. Una noche más. Tiniebla y sueño. Ansia de eternidad. Otra vez vértigo. Debería dormir, pero se está tan bien aquí. Huele a hierba fresca y el aire nocturno reaviva mis pálidas mejillas, otrora sonrosadas. ¡Cruel eternidad! Los hombres la ansían porque no la conocen, porque no la experimentan. Enfrascados en sus vidas simples se ahogan en sus problemas cotidianos: motas de polvo convertidas en montañas. Pero ¡qué es la montaña más alta comparada con los confines del universo! Revoloteo libre por los espacios, más allá de la materia, pero no hay más que silencio y soledad. Viaje interior que no termina. Vértigo. Siempre el vértigo. Floto con la bruma del mar. ¡Oh! ¿qué es aquel extraño resplandor? Se mueve lento y suave. Se acerca tibio. Será... ¡ES! Otro como yo, libre y atrapado. Ya somos dos vagabundos en el éter infinito. Ven conmigo buen amigo, compartamos los eones que contemplan a la creación. Me has librado de la soledad. Se está tan bien ahora... Ahora podremos hablar de todo lo que ha sido, es y será; ahora nuestras pupilas profundas podrán intercambiar pensamientos sin emitir palabras, sin perturbar la calma de la eternidad. Mira, se abre un nuevo día, luminoso, espléndido. Por fin puedo compartir esta dicha divina con alguien. Pero... ¡espera! ¡no te desvanezcas! ... comprendo... no eras más que mi alma. Un reflejo de mí mismo. Mi único y eterno compañero de viaje. Estoy solo ¡Sea! ¡No temo a la soledad! Es hora de dormir..." -Esto fue lo que escuché, se lo juro.- La voz de aquel buen hombre temblaba a la par que sus manos. -Entiendo. Y según usted cuando fue a examinar el lugar no había más que un velo y una máscara, ¿cierto? -Así es. -Exactamente lo mismo que han visto en otros dos cementerios. Todos cerca del mar. ¿Quién era el que ocupa ese nicho? -Había sido un pirata, señor. -¿Un pirata? Vaya, los otros dos habían sido un artista y un vagabundo. Parece que a los soñadores les gusta seguir soñando incluso cuando ya no pueden despertar. Está bien, váyase a casa. Es todo por el momento. Quizás volvamos a hablar con usted. Voces con eco. ¿Por qué no me dejan dormir? Dejadme solo con el arrullo del mar. Y temblad... porque se acerca el día en que mis otros dos hermanos y yo volvamos a juntarnos...
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Cosas pasadas IV
Un cuento III
“¡Hoy es el día! Por fin podré tenerla a mi lado y colmarla de amor y alegría.” El joven caminaba entusiasmado al encuentro de su amada. Sus ropas de seda refulgían bajo la luz de la luna compitiendo con el brillo de las sayas lacadas donde guardaba los filos de su katana y de su wakizashi. Pocos pasos lo separaban ya del peñasco suspendido sobre el lago. “Ya pronto escucharé la melodía celestial de su koto”, pensaba. “¡Es tan hermosa! Anhelo tanto el momento de nuestro encuentro.” El muchacho iba tan ensimismado que no se percataba de las gigantescas nubes que oscurecían la luna, provenientes del océano. Las ramas de los pinos cimbreaban con violencia y sus troncos crujían ante el envite del viento huracanado que se estaba levantando. Pero él seguía caminando rápido, casi corriendo hacia el lugar donde se encontraría con su futura esposa. “¡Ya he llegado!” Apartó los arbustos para ver el peñasco, esperando escuchar la melodía del koto o incluso contemplar a la muchacha. Pero no había nadie. Desde el borde del peñasco se podía apreciar en toda su magnitud el terrible tifón que se acercaba desde más allá de los montes que circundaban el lago, el cual se comenzaba a rizar de una manera horrible. Tendió la vista en derredor y agudizó el oído… Ningún rastro de la muchacha. “¿Dónde podrá estar? ¿Se habrá asustado de la tempestad?” mientras el muchacho pensaba esto le pareció distinguir una sombra que flotaba sobre la superficie del lago, abajo, cerca de la orilla. Sin pensárselo más corrió por el sendero y cuando llegó a la pequeña playa su rostro palideció de repente y se llenó de una expresión de horror y espanto. En una peña que sobresalía del agua estaba sentada una anciana repulsiva. Sus cabellos semejaban jirones grises y flotaban alocadamente en la tempestad, como antiguos estandartes rajados tras la batalla. Su rostro ovalado estaba surcado por miles de arrugas y los ojos eran dos manchas de pez hundidas en una calavera. Cubría su seca desnudez con un kimono hecho harapos que semejaba una horrible llama blancuzca temblando al viento del tifón. “Has venido, joven imprudente” La voz de la bruja se imponía por encima del viento y la lluvia que comenzaba a caer del oscuro firmamento. “Ven, cógeme en tus brazos y hazme tu esposa. Me lo prometiste hace 3 lunas.” Diciendo esto tendió sus descarnados brazos hacia el muchacho que observaba la escena, espantado, sin poder moverse ni hablar. “¿Qué ocurre estúpido niño? ¿Me tienes miedo a mí o la tormenta? Todavía no nos hemos casado y ya no puedes soportar una tempestad… las noches claras y apacibles, los días cálidos y luminosos, la sonrisa de un rostro hermoso o las lágrimas de una joven tierna… todo ello es bello y es fácil enamorarse de algo así y pensar que podremos vivir una eternidad viendo y sintiendo estos deleites. Sin embargo… llegarán tempestades, llegarán enfermedades y llegará la decrepitud de la vejez. ¿Acaso crees que tú serás siempre lozano? ¡¡ILUSO!!” El tono de voz de la anciana alcanzó un horrible tono, como el gruñido de una bestia. Se puso de pie encima del peñasco y de un salto se plantó al lado del muchacho. “¿Ya no quieres llevarme contigo, vestirme con seda y perfumarme con azahar? ¿Ya no quieres hacerme feliz? ¿No decías que me amabas?” Los brazos de la vieja buscaban al joven para abrazarlo. Él, desenvainó rápidamente su katana y con un movimiento enérgico hizo relampaguear su hoja en la noche. La anciana emitió un leve gemido y cayó al suelo envuelta en los jirones de su kimono. El muchacho permaneció un tiempo sin poder reaccionar. Poco a poco se iba reponiendo. Envainó su sable y se agachó al lado del bulto yacente. Cuando se sintió con el valor suficiente apartó cuidadosamente los jirones del rostro de la anciana y lo que vio fue terrible. Se incorporó de un salto con el rostro desencajado y lágrimas abundantes resbalando por sus mejillas y mezclándose con el aguacero. No era la vieja la que agonizaba con el abdomen abierto, sino la hermosa joven de la que se había enamorado locamente. La cogió en sus brazos y los labios de la joven se abrieron, emitiendo unos sonidos fatigados que querían ser palabras: “Lo que viste antes no era más que el paso del tiempo reflejado en mí. Escogiste matarme antes que amarme, porque en realidad no me amabas a mí, sino a mi envoltorio. Amabas mi piel tersa y suave, mi carne firme y resplandeciente, mi sonrisa vivaz y mis mejillas sonrosadas. Pero no me amabas a mí. Te enamoraste de mi ternura, de mi alegría y de mi belleza… pero todo esto es exterior y efímero. Espero que hayas aprendido que el amor va más allá de tus sentidos y de tus impulsos y en muchos casos exige renuncia y sacrificio. El amor no es egoísmo, es todo lo contrario: dar sin esperar nada a cambio. Yo… te amaba…”. Estas fueron sus últimas palabras. El pobre muchacho estaba confuso, angustiado, asustado. Sobre su cabeza centelleaban relámpagos y los vientos azotaban su cuerpo con el impulso de mil látigos. Se incorporó llorando y dijo: “Con esto he manchado mi honor. Si fuera un auténtico samurai no me habría dejado arrastrar por un impulso vacío y esta joven seguiría tocando su koto” Se sentó en la postura de seiza y desenvainó su wakizashi. Cerró sus ojos y endureció su rostro e hizo seppuku. Los dos cuerpos tendidos eran azotados incesantemente por el tifón. De repente, el cuerpo de la joven se incorporó. Su rostro era como de mármol y reflejaba una sonrisa cruel. Se levantó ágil apoyándose en una larga naginata. Su kimono ahora era negro con motivos geométricos bordados en plata. La hoja de la naginata resplandecía horriblemente, al igual que sus ojos negrísimos y profundos. “Pobre estúpido, no comprendiste nada. Pensando que redimirías tu honor suicidándote, sólo conseguiste mancharlo más… te suicidaste pensando en ti. Incluso tu vida la has dado por ti. Patético. Deberías haber vivido y haber tratado de poner en práctica lo que te enseñé. Ahora ya es tarde” Con un leve impulso de su arma lanzó el cuerpo muerto del muchacho al agua del lago y pronto los remolinos se cernieron sobre él abrazándolo por siempre en sus profundas soledades.
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Cosas pasadas III
Un cuento II La melodía del koto subía de intensidad por momentos, pero era diferente a la melodía que había escuchado el joven la otra noche. Hoy era una melodía alegre y festiva que parecía iluminar el lago con luces de colores hermosos. El muchacho tendió su mirada a la superficie ondulada y acertó a ver a la joven sentada a la orilla del lago. Sin dudarlo comenzó a correr por el sendero y cuando llegó al lado de la chica se le mudó el color, quedándose pálido por la sorpresa.
Era la misma muchacha, es evidente, sin embargo parecía totalmente distinta. Estaba vestida con un riquísimo kimono de seda blanca adornado con motivos florales de colores carmesí y jade que refulgían con destellos irreales a la luz de la luna. Su rostro brillaba iluminado por una hermosísima sonrisa de marfil y sus ojos destellaban con una alegría excelsa.
Las manos de la muchacha, semejantes a delicadas y ágiles mariposas blancas, volaban sobre las cuerdas del koto, produciendo sonidos rápidos y alegres, como torrentes de agua clara despeñándose desde frondosas laderas, como el trino celestial de un ave misteriosa. De pronto un sonido todavía más bello y sutil se unió a la extraordinaria melodía. La chica estaba cantando y su voz era indescriptible. Ora subía, ora bajaba, siguiendo un recorrido majestuoso de notas elegantes y optimistas.
El joven no sabía qué hacer, de hecho, no sabía nada. En ese momento el mundo dejó de existir para él. El vello de su cuerpo se erizó, sintió un escalofrío de éxtasis recorriéndole la espina dorsal y comenzó a llorar lágrimas de alegría, cálidas, suaves y resplandecientes.
La melodía se iba apagando, sonando ya como un eco lejano y confundiéndose con la brisa de cristal que mecía las ramas de los pinos y ondulaba la superficie del lago. El muchacho recuperó la consciencia. “¿Quién eres tú?” preguntó tembloroso. “¿Por qué me lo preguntas?” Contestó risueña la chica y prosiguió: “Hace tres lunas no te importaba quién fuese. ¿Acaso ya no me quieres llevar contigo?” “¡Claro que si! Pero ¿cómo es que tus andrajos y tristeza se han tornado en seda y alegría?” “Puede ser que tu interés en mí haya obrado el milagro” diciendo esto dedicó una divertida y cariñosa mirada al joven y éste se sintió completamente feliz y enamorado y dijo: “Te amo, ven conmigo y nos casaremos”. La muchacha se rió y con dulzura le replicó: “Sigues siendo imprudente, pero te creo. Ven a buscarme dentro de tres lunas”. “No podré soportar la espera”. “Si en verdad me amas, lo harás”. “Si ese es tu deseo, aquí estaré dentro de tres lunas, pero por favor, llegada esa noche no me hagas esperar más y concédeme tu mano”. “Así será… pero tú no me podrás rechazar”. “¡Jamás! Mi amor por ti es infinito y eterno”. “Hermosas palabras…”. Diciendo esto se levantó y con pasos ligeros y ágiles se adentró en la espesura.
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Cosas pasadas II
Un cuento I La luna de nácar brilla en mitad del cielo, ora velada por una leve gasa de seda, ora tapada por una rama de ciruelo, parece danzar rodeada por miles de lejanos y brillantes espectadores que le hacen guiños. Caen los pétalos. La melodía extraña y desafinada de un koto teje en el aire de la noche una sutil maraña de sentimientos encontrados que se incrustan en el pecho del joven noctámbulo. No puede dormir, esta noche no. Prendido en sus entrañas lleva un tizón al rojo vivo que no le deja descansar. Sus ojos otean un horizonte cerrado por los picos de numerosas montañas y debajo del peñasco que le sirve de pedestal el viento gélido riza la superficie de un lago profundo y ancho. “En la tercera luna desde hoy regresa a este lugar y nos veremos de nuevo. Cuando escuches la melodía del koto tiende tus ojos hacia el lago, porque estaré cerca”. Hacía exactamente tres lunas el paseo nocturno del joven fue interrumpido por la melodía de un koto. En un principio pensó en pasar de largo, creyendo que sería algún monje itinerante. Pero aquella melodía no era normal. Había algo en ella. Algo terriblemente triste, sutil, melancólico. Así que decidió ver quién tocaba de aquella manera. Se apartó del camino y tras unos arbustos encontró un peñasco que quedaba suspendido sobre un profundo lago. Al principio sintió cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal al recordar las historias que le contaba su abuela cuando era pequeño sobre los lagos escondidos y sus traicioneros moradores. Sin embargo, sobre aquel peñasco no vio ningún fantasma ni espíritu vengativo, sino una muchacha. Estaba sentada sobre sus pies y vestía un kimono muy raído y andrajoso. Su cabello, aunque asedado y brillante le caía por la espalda y los hombros como una cascada de azabache, quedando a merced del viento nocturno. Su figura era breve, casi etérea. El joven no se atrevió a dar un paso más por si la asustaba y dejaba de tocar. Así que decidió quedarse medio tapado por los arbustos, escuchando aquella fascinante melodía. En lo que duró la misma, permaneció ensimismado, buscando la mirada de la joven. El koto quedó en silencio tras una nota que sonó como un desgarro horrible y profundo. El joven sintió cómo se le erizaba el vello del cuerpo, porque a la vez que el instrumento produjo aquella terrible nota, los ojos de la muchacha se clavaron en los suyos. Eran como dos inmensos pozos de negrura y reflejaban la escasa luz de la luna. Por sus mejillas de porcelana resbalaban abundantes lágrimas. “¿Qué quieres?” La voz de la muchacha era como la brisa que mecía las ramas, pero al mismo tiempo era poderosa como un vendaval. El joven se había quedado sin palabras. Al fin pudo balbucear: “Lo que quiero es ayudarte, quiero que olvides esos andrajos que vistes y que vengas conmigo”. Se sorprendió a si mismo diciendo estas palabras, ya que nunca se había interesado por ninguna muchacha. La joven sonrió y al mismo tiempo arqueó sus finísimas cejas, como sorprendida. “¿Quieres que vaya contigo?” “Si”. El joven estaba muy seguro de lo que decía. “No me conoces, no sabes nada de mí. ¿Por qué dices que me quieres ayudar?” “No importa que no te conozca, he visto tus ojos y he escuchado tu voz y con eso me basta. Soy rico y poderoso y a mi lado vestirás kimonos de seda pura y te perfumarás con azahar”. “¿Pretendes comprarme? ¿Es esa la ayuda que me ofreces?” “No es mi intención comprarte, sino complacerte y hacerte feliz”. “Y porque me ves vestida con andrajos y llorando crees que soy desdichada, ¿cierto?” “Es evidente, y no soporto verte sufriendo, tu mirada y tu voz me han fascinado y tu rostro se ha clavado a fuego para siempre en mi alma. Ven conmigo, te lo ruego”. “Eres un joven imprudente, pero está bien. En la tercera luna desde hoy regresa a este lugar y nos veremos de nuevo. Cuando escuches la melodía del koto tiende tus ojos hacia el lago, porque estaré cerca… ¿vendrás?” Esta última palabra la pronunció con una cadencia extraña, con un deje de desconfianza. “¡Aquí estaré!” Acto seguido, la muchacha se levantó y dirigiéndole una última mirada al joven comenzó a descender por un empinado y agreste camino que comenzaba en el peñasco hasta perderse en la orilla del lago, muchos metros más abajo. Sus pisadas eran tan leves que apenas se escuchaban y los andrajos que vestía ondeaban en la gélida noche acompañados de su cabello. Hacía exactamente tres lunas de eso…
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Cosas pasadas I
Últimamente no tengo demasiado tiempo para escribir, así que voy a ir recuperando cosillas de mi antiguo blog. Quizás algun@s de vosotr@s ya las habréis leído, pero quiero meterlas en este rincón. Empezaré con un pedazo de optimismo, dedicado a mi amigo Aristóteles, porque la vida continúa y debemos agradecer lo que hemos aprendido de nuestros abuelos tratando de mejorar sus enseñanzas y transmitiéndolas de nuevo a otras personas. El momento de calma que he descrito en el texto que sigue lo aprendí de las charlas tranquilas con mi abuelo. Cuando yo era un niño me sentaba con él en una piedra del monte y él me hablaba de historia, de geografía y de experiencias de la vida. No tenía más estudios que estas experiencias vitales y su curiosidad, ni más preparación que saber leer y haber leído mucho. Muchas veces nos quedábamos hasta tarde en el monte y contemplábamos juntos las estrellas tratando de descifrar sus enigmáticos guiños, imaginándonos otras vidas, otros mundos, otros sueños. Él se fue hace poco más de un año, pero todo lo que me enseñó, todo lo que me ofreció sin buscar nada a cambio, eso, no se irá nunca de mi lado, porque ya forma parte de mí mismo. El dolor que sentí tras su marcha, se ha ido tornando en esperanza, porque siento dentro de mí que él sigue conmigo. Poco a poco el sufrimiento que padecí se fue convirtiendo en un recuerdo tranquilo, como un estanque profundo y cristalino oculto en lo más recóndito de una remota y frondosa isla. Mis abuelos eran dos pilares fundamentales en mi vida, ambos se fueron casi juntos, pero ambos han quedado por siempre en mi alma, y lo que soy, lo que siento, lo que pienso, se lo debo a la libertad que me han inculcado. GRACIAS ABUELOS Paisaje perfecto A mi alrededor se derraman alfombras verdes y frescas por las laderas del monte que me sostiene en el brillante cielo, interrumpidas de vez en cuando por pequeños bosquecillos de pinos silvestres y olivos. Abajo, a cientos de metros de distancia, se extiende un manto azul, profundo y ondulado, que ondea unas veces con la suavidad de la seda y otras veces con la aspereza del esparto. Lo contemplo con mirada ausente, perdida, como evadida en ese mundo acuático y fascinante, dador de vida, pero también traicionero. Sobre ese manto terrible parecen flotar a la deriva pequeños islotes tachonados de templos antiguos y resplandecientes bajo el sol del mediterráneo que antaño acogieron deidades ahora olvidadas. A unos pasos de mí comienza su serpenteante peregrinaje un caminito estrecho que discurre por la parte menos empinada del monte hasta llegar a una pequeña cala donde el mar adopta un color turquesa hipnótico. Miro a mi alrededor... nadie. Tan sólo el murmullo de las agujas de los pinos y de las hojas de los olivos mecidas por el céfiro, que obra como director y músico de una orquesta inabarcable y sublime. Poco a poco comienzo a bajar por ese camino. Pronto la sensación que noto en las plantas de mis pies cambia drásticamente: el firme áspero y duro del sendero se torna en una alfombra suave y cálida. La arena de la playa es fina y brilla con un reflejo dorado. La playa está cerrada por las laderas verdes de otros montes, de modo que sólo se puede acceder a ella por el camino por el que yo bajé. Es como un tesoro privado, como un placer inconfesable que no se puede compartir, que no se debe compartir. Allí, en aquellas soledades, sintiendo el beso de la brisa, el arrullo del mar y el calor del sol fue cuando realmente comprendí que formaba parte de algo grande y hermoso. En ese momento sin moralejas, sin enseñanzas, sin mensajes, en ese momento "vacío" fue cuando realmente me llené. Sin nada en que pensar, sin nada que temer, sin nada que anhelar, simplemente dejándome mecer por las olas, en ese momento fui realmente yo. Comprendí sin pensar, experimenté sin actuar, viví cuando en realidad flotaba como si estuviese muerto. Arriba, muy por encima de mí, el maravilloso éter se extendía hasta donde abarcaba la vista y me sentí libre. Quizás vivir y ser feliz no sea una paradoja y todo sea mucho más simple de lo que parece. Quizás... no!... estoy seguro de ello.
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Millennium Actress
Un viaje, un anhelo, una esperanza, el lejano eco de un rumor, una voz traída por el viento, un sueño añejo de color sepia, una ilusión, un relámpago en la mirada, una sonrisa que empuja a seguir adelante, una búsqueda... el recuerdo de un amor, del primer amor...
Todo eso y mucho más es lo que transmite Millenium Actress. Sin duda una película diferente en la que de mano de su director, Satoshi Kon, seremos testigos de excepción de la vida de una brillante actriz japonesa. A través de los ojos, la imaginación y la fascinación de un reportero que le hace una entrevista, iremos penetrando en los recuerdos de una niña, en los recuerdos de una mujer y en el presente de una anciana que seguirá su búsqueda imposible, un periplo sin fin que da sentido a su existencia.
Es una historia lejana, pero muy cotidiana a la vez que nos transporta a nuestro propio interior, donde se esconden nuestras búsquedas y nuestros deseos, donde habita aquello que nos empuja a seguir adelante, luchando en el torbellino en que a veces se convierte nuestra vida. No es común topar hoy en día con una película que logre despertar ese tipo de sentimiento, pero este film lo ha conseguido -al menos en mí-.
El tempo es pausado, pero a la vez inquietante, ya que logra mantener la atención de principio a fin de una manera asombrosa, siguiendo la estela de una mujer en la que se entrelaza la realidad con la ficción de sus películas, y en la que hay una sola línea argumental: la búsqueda. La narrativa es casi perfecta. Y digo "casi" porque por momentos es difícil de seguir, pero el esfuerzo por intentar entender lo que ocurre en la pantalla tiene una enorme recompensa, ya que con ese esfuerzo nos sumergimos todavía más en la trama e identificamos situaciones y sentimientos familiares, hasta el punto de hacerlos nuestros. Y en cierto modo son nuestros, y no sólo nuestros, sino de todos. Algunas personas verían esta película sin inmutarse, como una historia más de sueños imposibles y amores infantiles, pero otras muchas alcanzarían a verse reflejadas en esta hermosa fábula.
En parte, la gente normal tacharía de locos a todos aquellos que persiguen quimeras semejantes a la que persigue la protagonista, es más, esa gente normal seguramente diría un: "Ves? Te lo dije!" cerca del final de la película, pero es la gente que persigue sus sueños la que logra grandes metas en su vida, ya que su objetivo no es alcanzable, pero el camino que han de recorrer para intentar llegar a él sí lo es, ese camino es perfectamente realizable y a lo largo de ese camino irán tejiendo sus vidas, irán proyectando sus miedos, irán viviendo sus éxitos y también sus fracasos, amarán y odiarán, en definitiva: madurarán. A lo largo de ese camino sembrarán las semillas para ser recordados o para ser olvidados, y esas semillas, arrastradas por el viento de la memoria, se posarán en otras personas que le darán nueva vida al echarlas de nuevo al aire transmitiéndolas a otras personas. De esta manera lo que parecía una búsqueda absurda se convierte en parte de un patrimonio colectivo que seguirá perpetuándose más allá de la muerte de las personas que lo iniciaron.
Por ello no nos debemos quedar en la calidad plástica de los dibujos (que por otro lado está fuera de toda duda), o en los preciosos tonos pastel utilizados a lo largo del metraje, o en la acertada banda sonora, sino que debemos dejarnos llevar más allá, olvidándonos de los prejuicios que implica ver una película de animación, y tratando de descubrir una trama madura e intimista que podría ser perfectamente el hilo argumental de nuestras propias vidas, ya que en el fondo todos somos actores y todos anhelamos algo.
-¿Puedo verlo? -No es más que un boceto; Lo terminaré cuando regrese a casa; En invierno la nieve envuelve todo en un manto blanco hasta donde alcanza la vista. Quiero colocar mi caballete sobre toda esa nieve y terminar mi pintura mientras siento cómo el frío me hiere. En aquella tierra blanca y pura uno se siente como en un mundo lejano y extraño. -Me encantaría ir allí. -Sí. Como agradecimiento, te invitaré cuando llegue la paz.
La eterna búsqueda ha comenzado.
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